Me harto de lloriquear. Puto síndrome premenstrual. No falla. Los días que estoy que me cortaría las venas con un folio siempre son los mismos. Esos mismos días en los que me siento como un jodido globo de feria y en los que me miro en el espejo y, efectivamente, me veo como un jodido globo de feria. Así que, lejos de escribir un post lacrimógeno sobre lo desgraciada que puedo llegar a sentirme ahora (ya no le doy importancia porque sé a qué se debe semejante tollina a mi estado de ánimo), escribiré un post "alegre y dicharachero" sobre el tema sugerido por esta nuestra Coctelera: las colecciones.

El caso es que yo no colecciono nada. El gran número de toneladas de piedras que tengo en diferentes rincones de mi casa no cuentan como objetos de colección. Y sí, tengo millones de millones de piedras sensu lato -y también tengo una madre hasta el gorro de ellas, por cierto-, pero las tengo como las tienen todos los estudiantes de Geología del mundo mundial. Eso sí, en plan "colección de chuminadas" sí que tengo unos cuantos mineralicos de cuando era pequeña e inocente e ignoraba que mi futuro se inclinaría por esos derroteros. Desde luego, si llego a saber que iba a dedicarme a esto para rato me los compro...

Antes sí solía acumular ciertas cosas que podrían incluirse, siendo un poco frikis, en la categoría de colecciones. Por ejemplo, siempre me han encantado los sobres y las cajas. Es posible que el hecho guarde relación con algún trauma infantil no superado, pero siempre he sido muy feliz teniendo sobres y cajas en mi cuarto. Y no me refiero a sobres bonitos, de esos de dibujos y cenefas de las cartas de nuestra niñez, sino a sobres de cualquier tipo, cutres: los de envíos aéreos, los de interior de burbujas, los reciclados, los de las elecciones, los extra grandes, los extra pequeños, los de colores, etc. No sé por qué, siempre me ha resultado extrañamente placentero guardar sobres entre mis pertenencias.

Y lo mismo con las cajas: pequeñas, grandes, de madera, de cartón, de mimbre, decoradas, lisas, etc. Y no necesariamente tenían que ser bonitas, podían ser cajas de zapatos que yo misma forraba con papel de estraza, o de esas de rayas horteras que venían en paquetes de tres y que había que montar. Y lo mejor: llenar las cajas con sobres. Y meter en los sobres papeles, fotografías o cualquier tontería que cupiese en su interior.

Algo similar me ha sucedido siempre con los cuadernos. Es entrar en una papelería y sentir el arrebato de comprar cuadernos y libretas. Y eso que ahora, con el ordenador, a mano, lo que se dice a mano, ya casi ni firmo, así que hace tiempo que controlo ese impulso. Antes sí, antes escribía mucho, y en especial me encantaban las libretillas de bolsillo. Procuraba llevar siempre una encima por si se me ocurría algo en algún momento. De hecho, aún conservo libretas con tonterías de hace años y cuadernos aún sin tocar.

Cosas que me gustaría coleccionar pero que mi economía no me permite: bolsos y zapatos. Me encantan ambos complementos. Si pudiera tener cientos de bolsos y cientos de pares de zapatos, los tendría. Y los usaría, claro, pero tendría un montón. En ese sentido soy bastante práctica y procuro no comprar más de lo que necesito, más de lo que voy a ponerme, pero está claro que si económicamente -y espacialmente también- pudiera permitirme el lujo, no dudaría en coleccionar bolsos y zapatos.

Y eso es todo. Para no coleccionar nada me ha quedado un artículo super largo, vaya por Dios. Mira que no me gusta extenderme tanto porque luego no me lee ni Cristo, pero es que no lo puedo evitar. El día que me entra el baile de San Vito en los dedos es un teclear y no parar. Y me voy a callar ya porque veo que no me despego del teclado ni harta de calimocho...

Besinhos from Anita B.